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jueves, 8 de septiembre de 2011

Cultura, historia y mixicidad

 
La cultura es una larga cuerda de ideas, de pensamientos compartidos, de historias contadas de generación en generación, de tal manera, que según corre el tiempo va reescribiendo cómo fuimos y cómo nos vemos queriendo ser reflejo de lo que creímos ser.

La historia es una larga serie de hechos conocidos e interpretados, reinterpretados y nuevamente “descubiertos”, adquiriendo una nueva luz según aparecen documentos o se ajustan piezas sueltas del gran rompecabezas que es la reinterpretación de éstas, a veces falseada, de lo que sucedió hace diez, cien o mil años.

No es infrecuente escuchar que la masonería, la que se define a sí misma como liberal o adogmática, tiene entre sus principios, aparte de los tradicionales y universales de tolerancia, respeto, librepensamiento, laicismo…, el de la mixicidad o participación de la mujer en igualdad de condiciones en la logia con el hombre. Y desde nuestro punto de vista, esto no es exacto. O no lo es tal y cómo se ha producido esa “igualdad” en la masonería moderna.

Para Georges Martin, cofundador de la Orden Masónica Mixta Internacional “Le Droit Humain” (“El Derecho Humano”), la participación de la mujer en la Masonería no es un reconocimiento de su papel, sino una necesidad inexcusable para la propia Masonería, sin la cual no hay proyecto que pueda llevar a cabo el principio de Igualdad y, en cadena, los de Fraternidad y Libertad.

La masonería no “se enriquece” porque la mujer participe en ella en igualdad de condiciones que el hombre, sino que adquiere su pleno sentido como Orden Humana al corregir el error histórico que las Constituciones de Anderson establecieron en 1717.

Es, en este sentido, que Georges Martin afirma que la francmasonería “ha estado lenta e incompleta dejando fuera a la mujer”. Y si entre ese mítico nacimiento de la Francmasonería moderna hasta hoy, ésta ha avanzado en ese aspecto, y especialmente cuando en 1893, aquél, junto con Marie Deraismes, funda la OMMI “El Derecho Humano”, lo cierto es que esa “Igualdad” sigue siendo hoy un bien escaso fuera de “El Derecho Humano”.

Y nos parece importante resaltar este hecho. Y resaltarlo como seña de identidad de una Masonería que se reconoce, por definición, mixta. Con la misma rotundidad que es laica, librepensadora o universal, porque la mixicidad es parte de su ADN. Por ser creada para desarrollar personas, no “hombres” que aceptan a “mujeres” en algunas logias sí y en otras no dentro de la misma Obediencia, sino por personas que se inician en Masonería para vivir ésta y construir su propio desarrollo y el de la Humanidad, como un todo, no como unas “parcelas” donde en ocasiones algunos hombres “consienten” a las mujeres y en otras no, o en “parcelas de género”.

No nos es fácil entender que la “Igualdad” se diese en unas logias y en otras no entre nosotros; que cada logia de “El Derecho Humano” decidiese si se aceptan mujeres o no, si se aceptan hombres o no. Sería tal contrasentido para el principio de “Igualdad” que dudamos mucho que nos pudiésemos reconocer si actuáramos así. La mixicidad de “El Derecho Humano” es ontológica, y sin ella no hay masonería en “El Derecho Humano”.

Y es bueno recordar de vez en cuando estas cosas, que pueden parecer elementales y hasta pedestres, pero a la vista de lo que se oye en algunas ocasiones a algunos HH.·. y HHnas.·. a cuenta de una cierta aplicación del principio de “Libertad”, nos parece necesario traer aquí, para que la historia no se tergiverse y la cultura de ella no se nos olvide con relatos incompletos o distorsionados, que la mixicidad es la que conforma la “Igualdad” y no lo son interpretaciones parciales, temporales o espaciales en la Masonería.

Hemos dicho. 
Jano.

jueves, 14 de abril de 2011

Abril, siempre abril.......y el recuerdo


Una vez más, siempre puntual y fiel a la cita de la nostalgia, llega el 14 de abril. Una vez más, conmemoraciones a diestro y siniestro. Lloremos por lo que pudo haber sido y no fue, aquel régimen que un general golpista nos arrebató, sigamos año a año anclados en la nostalgia, embargados por el dolor que nubla los sentidos y dejemos que la historia siga su curso, que más da. Lo importante es recordar, vivir en el pasado y pensar en lo bonito que era aquello que ya casi nadie conoció y que, en consecuencia y cada vez más, será algo idealizado y de cuyos pecados nadie querrá hablar puesto que de los muertos sólo se habla bien.

Saquemos las banderas a la calle, coloquémonos todos detrás y, en cívica procesión, entonemos la conocida letanía: viva la república, mañana España será republicana. Pase el Día, se olviden los fastos y volvamos a la rutina diaria. El próximo año volverá con otro catorce de abril y volveremos a nuestra fiesta.

Entretanto ¿quien se acuerda de los valores republicanos? el civismo, la libertad, la igualdad, la fraternidad (cristo que bien suenan en francés: Liberté, Egalité, Fraternité), del respeto por la legalidad, el estado de derecho, la separación de poderes y tantas otras zarandajas republicanas pasadas de moda pues son cosas del siglo XVIII y tres siglos son demasiados para una sociedad cada vez más acelerada, y en la que las cosas se hacen viejas cada vez más rápidamente.

Resulta extraño que tanto fervor republicano por las formas no vaya acompañado de un poco, no hace falta demasiado, por el fondo y dejemos de mirarnos el ombligo que el republicanismo no es invento patrio sino foráneo y que en esta España nuestra prendió más por la forma que por el fondo.

Resulta extraño que quienes tan poco hicieron en su momento por aquella república ahora añorada se erijan en paladines de su regreso.

Resulta extraño que entre quienes gritan desaforadamente salud y república (ni saben lo que dicen ni si tan siquiera era algo realmente republicano más allá del eslogan) se encuentren miembros del partido que hoy nos gobierna pero que no acaba de poner algunas cosas en su sitio, la iglesia católica, y todas las demás por ende, donde les toca: en la esfera privada y a todos los efectos; escuela laica y punto; respeto a la dignidad de la persona máxime en los momentos postreros.....

Menos alharaca y más respeto a las minorías, sobre todo a las que escogen una opción sexual diferente; de verdad y no con la boca pequeña, no porque haya que quedar bien o se lleve y no olvidando que aún no hace demasiado tiempo se consideraba esta cuestión como extraña enfermedad merecedora de un buen asilo psiquiátrico.

Más respeto por los derechos humanos incluso de quienes no son como nosotros, emigrantes de aquí al lado o de allende los mares a los que no terminamos de tratar como iguales porque en el fondo no estamos convencidos de que lo sean del todo.

En definitiva menos celebrar el pasado y mirar un poco hacia el futuro. Más educación en los valores republicanos. Hacer ciudadanos y no súbditos aunque quizás esta sea una cuestión que no interese demasiado a unos políticos muy dados al vasallaje y muy poco a conceder sus derechos a la ciudadanía. Que no nos llamen ciudadanos si no son capaces de creer que realmente lo somos y, si de verdad lo creen, que nos dejen ejercer nuestros derechos como tales. No sólo los reyes someten al pueblo a vasallaje, cuando se coarta la libertad y se le ponen trabas a la democracia, a la de verdad y no a la de la formas, se están conculcando los derechos de los ciudadanos.

Es posible que si conseguimos llegar a una sociedad de ciudadanos en la que los valores republicanos, esos que son inherentes al concepto de ciudadanía, estén presentes todos los días del año y en todas las esferas, la república sea algo más que una reivindicación de un día al año como tantas otras cosas que, al día siguiente, se guardan en el cajón esperando la próxima conmemoración.

He dicho

jueves, 7 de abril de 2011

Un siglo de desigual camino hacia la igualdad

IRENE RAMOS
Periodico El Plural


No hay motivos para que hombres y mujeres se relajen en esta lucha.

Foto Ugo Mulas

Ha transcurrido un siglo desde que en 1911, por iniciativa de la socialdemócrata Clara Zetkin, se estableciera el Día Internacional de la Mujer para hacer visible la reclamación de derechos a la propiedad, al voto, a ocupar cargos públicos, a la educación y a la no discriminación laboral. Desde entonces la lucha por la igual participación en las esferas económica, social y política no ha cesado, consiguiendo asentar algunos logros, pero encontrando constantes nuevos desafíos.

El derecho electoral pleno fue uno de los principales hitos de la considerada primera ola de feminismo de finales del XIX y principios del XX. En Finlandia se consiguió el sufragio sin ningún tipo de restricciones en 1906. En España no sería hasta 1931 cuando las Cortes Constituyentes de la II República reconocieran esa igualdad para todos los ciudadanos mayores de 23 años de uno y otro sexo, mucho más tarde de su expansión por Occidente tras la I Guerra Mundial. De hecho, en nuestro país quedaría en suspenso hasta 1977.

La segunda ola de los años sesenta y setenta se centró en aspectos de índole social y legal, en los derechos a la propia sexualidad y la salud reproductiva, además de la igualdad en el lugar de trabajo y salarial, la independencia económica o el permiso de maternidad. Como resultado, se alcanzaron importantes cotas en la emancipación de la mujer a partir de su progresiva incorporación al mercado de trabajo y la universidad, lo que empezó a generar una ruptura con el sistema de valores tradicional que la relegaba a un rol acotado al hogar. En España, sin embargo, la dictadura supuso un enorme retroceso en los avances progresistas previos, que fueron abolidos y sustituidos por un modelo social fundamentado en el patriarcado y la división laboral en función del género.

A pesar de las relativas mejoras generales, la persistencia de las desigualdades ha nutrido una tercera ola desde los años noventa que persevera en la necesidad de continuar promoviendo la acción pública a favor de cuestiones aún no resueltas. El plan de la Comisión Europea 2006-2010 fijaba como prioridades la igual representación de hombres y mujeres en los procesos de toma de decisiones, la autonomía económica, la erradicación de toda forma de violencia y tráfico de seres humanos, la reconciliación de la vida personal y profesional o la eliminación de los estereotipos de género.

El balance en cada uno de esos apartados resulta bastante irregular. Respecto a la presencia en puestos directivos, en el viejo continente las mujeres representan el 35% de los escaños del parlamento europeo, el 26% de los cargos gubernamentales y una media del 11% en los consejos de administración de las principales compañías. En España se ha avanzado notablemente hacia la paridad en el terreno político, aunque aún existe un amplio margen de mejora, pero su participación se limita al 6,59% en los órganos de dirección de las empresas del IBEX-35. Además, la barrera invisible del techo de cristal perdura y, mediante mecanismos culturales y códigos sociales no escritos, cercena su desarrollo profesional.

La tasa de actividad femenina en la UE-15 se situaba en 2009 en el 51%, frente al 65% de la masculina. Pese a cierta convergencia, esa diferencia es más acentuada en España, donde su alto nivel formativo convive con una mayoritaria presencia en el sector servicios, principalmente en ocupaciones de poca cualificación. La jornada a tiempo parcial (23% frente al 6% de los varones) incide en la situación laboral de la mujer y la brecha salarial (16%), muy próxima a la media europea (UE-27), muestra una flagrante discriminación, que se pretende combatir en el marco de la Estrategia 2020.

La violencia de género se mantiene en niveles alarmantes en todo el mundo, constituyendo, según el Consejo de Europa, la principal causa de muerte e invalidez en las mujeres de 15 a 44 años, por encima del cáncer y los accidentes de tráfico. Por otro lado, el reparto de las responsabilidades familiares sigue siendo muy desigual. Solo un número muy reducido de hombres opta por un permiso de paternidad o un trabajo parcial, mientras ellas han de elegir involuntariamente entre la maternidad o sus carreras profesionales, con un impacto negativo en las tasas de fecundidad. A su vez, el cuidado de hijos o dependientes se erige en su principal desincentivo para la búsqueda de empleo. De manera paralela, los estereotipos perviven en nuestra cotidianeidad, en instituciones y comportamientos sociales retrógrados, medios de comunicación, burlas grotescas, sin que en la mayoría de las ocasiones reparemos en oponernos con contundencia y responsabilidad.

Por lo tanto, no hay motivos para relajarnos en lo que atañe a la promoción de la igualdad de género, sino que debe proseguir e intensificarse desde una perspectiva holística, intergeneracional y con la complementaria colaboración de hombres y mujeres en ese objetivo común. Es necesario educar en la igualdad desde todos los entornos (familiar, escolar, administrativo, laboral, de ocio, etc.) y aplicar medidas legislativas, incentivos y mecanismos de evaluación perdurables.

Irene Ramos Vielba, responsable del área de Política, Ciudadanía e Igualdad de la Fundación Ideas