martes, 7 de agosto de 2012

El desapego a la Gran Obra

   La Masonería nos habla con dos voces. Una grande, clara, y otra sutil, en susurros o pequeñas indicaciones. La gran voz nos deja claro porque estamos aquí: buscamos el Amor Universal plasmado a través de la fraternidad; el progreso de la Humanidad a través de nuestro trabajo personal; elevar nuestro corazones a los más altos ideales… ¿Pero que nos dice la voz pequeña? La voz pequeña nos dice muchas cosas. Nos dice que busquemos, que preguntemos, que enseñemos y aprendamos, que el ideal está por encima de todos los intereses, que los cargos son pasajeros, que el bien común está por encima del personal, que la palabra es nuestra única herramienta y que la razón ha de ser nuestro único guía.


Una de esas cosas pequeñas se nos descubre cuando el maestro de ceremonias, antes de entrar, dice: Dejemos los metales a la puerta del Templo y que nuestros corazones se unan en fraternidad. La costumbre nos puede hacer perder el sentido profundo de la frase pero su importancia es altísima. Dejar los metales, dejar nuestros prejuicios y cambiar nuestra forma de actuar. Fuera somos seres sociales, tenemos nuestra forma de viajar y nuestras mañas en el carrusel de la Vida. Cuando pasamos al Templo, allí la fraternidad, la razón y el amor han de guiar nuestro trabajo, mover nuestras herramientas. Debemos comprometernos a funcionar de otra forma, debemos convertirnos en constructores anónimos de la Gran Obra.

 Sí, entre otras muchas cosas, esto es lo que nos dice esa voz pequeña que se aprende a escuchar con el tiempo, la experiencia, los buenos y malos momentos vividos. Es algo callado, sutil, que se llega a percibir en el alboroto del trabajo de construcción. Y nos dice que el Templo, el edificio, según se va trabajando en él, cobra más importancia que el obrero. Los Templarios gritaban en sus ataques Non nobis Domine (No para nosotros Señor), el soldado ateo que moría por sus ideales daba, generosamente, todo lo que tenía, la vida, por la esperanza del avance social, el constructor de catedrales trabajó sin ver la obra terminada, solo intuida en unos planos y a veces en constante cambio, con la idea de que su trabajo era parte de algo que glorificaba a su Dios. Al igual que todos ellos, nosotros pasaremos, la Masonería y la Sociedad Civil continuarán. Trabajemos bien nuestra construcción, cumplamos con nuestro compromiso y que nuestra aportación, grande o pequeña, nos enorgullezca, pues el Templo de la Humanidad nunca lo veremos acabado, tengamos la alegría de que con nuestro trabajo es más fuerte, más bello y más sabio.