lunes, 16 de mayo de 2011

Fraternidad, solidaridad y caridad



No resulta difícil confundir estos tres términos ya que para muchos resultan ser sinónimos y aunque no se trate de antónimos si que existen importantes diferencias entre ellos. Los masones solemos practicar los dos primeros, fraternidad y solidaridad, mientras que rechazamos el tercero, la caridad, por entender que se trata de un modo de practicar la solidaridad, nunca la fraternidad, que lleva implícito un cierto sentimiento de superioridad sobre quien recibe nuestro óbolo y que suele ser práctica habitual en las organizaciones religiosas como un medio por el que, entre otros, algunos de sus fieles consideran lavados sus "pecados".

Fraternidad y solidaridad pueden llegar a confundirse aunque existe un punto que los distingue con meridiana claridad, la fraternidad se practica de forma exclusiva con aquellos que pertenecen a lo que podríamos considerar "el clan", "la hermandad". Es decir, se da de forma exclusiva entre quienes se encuentran unidos por algún tipo de vínculo que va más allá de la común pertenencia a la especie humana. Es, naturalmente, algo consustancial a la masonería precisamente por tratarse esta de una fraternidad, la de los "Hijos de la Viuda", que nos obliga a ser hermanos y hermanas de aquellos con los que compartimos la condición de franc-masones.

Aunque los efectos prácticos de la fraternidad y la solidaridad puedan ser similares, ayuda desinteresada a aquellos de nuestros congéneres en situación de necesidad, es evidente que los sentimientos que nos produce una y otra son diferentes. Podemos, debemos, ser solidarios con todos aquellos que se encuentren en una situación de desamparo físico o espiritual pero difícilmente podremos sentirnos cercanos, fraternos al fin, de quienes nada sabemos aunque compartamos la pertenencia a la misma especie.

Por otra parte, la fraternidad lleva aparejada una característica que dificilmente se puede dar en la solidaridad, nada digamos obviamente de la caridad, y es que su práctica puede resultar tan simple y sencilla como dedicar unos pocos minutos a escuchar las cuitas de un Hermano o Hermana en un momento personal difícil, sólo eso que a veces resulta más gravoso que echar mano de la cartera. También debemos presuponer que la práctica de esta virtud tan masónica, aunque no sólo nuestra, llevará aparejada la honestidad en las relaciones entre quienes nos sentimos engarzados a esta cadena de Unión so pena que lo que para unos resulta fraternidad para otros sea un mero ejercicio de picaresca.

Por lo que respecta a la caridad poco más de lo apuntado al principio salvo recordar que, para determinadas creencias, se trata de una virtud de alto rango que está orientada, según el catecismo de la iglesia católica de 1822, a "amar a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismo por amor de Dios". Como se ve es una cuestión que como todas las religiosas tiene muy poco que ver con el humanismo y mucho con esa cuestión un tanto etérea del amor divino. En fin, practiquemos honestamente la fraternidad, con quienes debamos; la solidaridad con el resto del género humano y la caridad dejémosla para quienes consideren que lo importante no es el género humano sino esa entelequia a la que algunos llaman dios.